“… Sin importar el rival, lo importante es entrar con todo…”

Hoy leí una frase que decía: “… Sin importar el rival, lo importante es entrar con todo…” acompañada de una imagen de un adulto intentando quitarle una pelota a una criatura. En la vida cotidiana escuchamos frases que hacen hincapié en apostar a los sueños sin importar nada más que eso. Y sí, nuestro lenguaje se corresponde con la sociedad en la que vivimos, una sociedad en la que todo vale, todo está justificado y todo está bien. Fomentamos, tristemente, esa filosofía de vida.

Existen estudios que determinan que hasta los tres años de vida un niño no tiene noción de la otredad ya que cree que todos piensan, sienten y hacen lo mismo que él. Es fin, no existe en su intelecto conciencia del otro como un ser totalmente independiente. Esta pseudo simbiosis se desvanece al cuarto año de vida. Desde ese entonces, el niño entiende y comprende que el otro es un ser diferente. Según diversas fuentes esta capacidad es adquirida primero por las niñas, pero no vamos a entrar en cuestiones referidas al género debido a que no es la intención. Lo cierto es que a partir de los cuatro años adquirimos esta facultad a la que le podemos otorgar diferentes utilidades. Podemos mentir, pero también podemos crear vínculos amistosos y sanos, podemos liderar desde el respeto y el compromiso o de lo contrario podemos utilizar este recurso para crear muros que nos separen, que nos alejen.

Ya en la adultez, en una cena familiar, en una charla de café con una amiga o en un momento de distensión con algún compañero de trabajo, me parece ver y escuchar a un niño cuando en realidad tengo frente a mí a un adulto que vive y se desarrolla en “la sociedad del no pasa nada”. El fin lo justifica. Olvidamos que somos sistémicos y nos sumergimos en el egoísmo, caminamos (o mejor dicho corremos) hacia una meta, hacia un lugar y olvidamos mirar hacia los laterales. ¿Y el otro? ¿Qué otro? ¡Ah existe otro! ¿Qué importa si le duele? ¿Qué importa si ese otro sufre? Que lo trabaje internamente. Lo importante es llegar a la meta. A “mi” meta.

Por eso cada vez que alguien intenta acercarse con una palabra o un simple gesto, no puedo evitar verlo con amor y con cierta ternura. Como si tuviera frente a mí a un ser de unos tres años. Pues no somos más que dos niños tratando de relacionarnos, impregnados de un egocentrismo que nace desde la ignorancia, desde el desconocimiento, desde lo culposo (sin intención) y cuyo origen se remonta a los primeros años de vida.

Por esa misma razón cuando logro conectar con esa niña que fui también lo hago desde el amor y desde la ternura. No existe otra manera de aceptar lo ajeno a uno mismo sin haber abrazado, aceptado y perdonado a los niños que fuimos alguna vez.

¿Y sabés algo? No te asustes. Somos muchos. Muchos niños atrapados en cuerpos de adultos.-Por Vanesa Maiorano (Docente, Coach Ontológico Profesional , conductora del programa radial «No sos vos, soy yo» RADIO VERDAD FM 99.5)-

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