Locales-Reinauguraron la plaza del barrio Virgen de Guadalupe

Si bien el Municipio se hizo cargo de los gastos, la comunidad tuvo mucho que ver para que la refacción total de este espacio público ubicado en el barrio José Hernández fuera posible. La gente fue la impulsora de las mejoras.

 

 

“Estamos muy contentos de haber cumplido porque nuestro objetivo siempre fue que el lugar esté lleno de chicos”; dijo el arquitecto José Salauati, secretario de Planeamiento y Obras Públicas, en la reinauguración de la Plaza Virgen de Guadalupe, un espacio recuperado por inquietud de los vecinos.

La sencilla ceremonia contó con la compañía de la murga del barrio José Hernández; ni bien llegaron al lugar, los pequeños comenzaron a montarse en los nuevos juegos, a la sombra –tan necesaria ayer- de los árboles que se dispusieron en el ámbito. El funcionario encabezó la reinauguración de este sector ubicado en la intersección de las calles Schumacher y Del Campo, en el complejo habitacional Virgen de Guadalupe.

 

La nueva plaza

Se pusieron en esta plaza diversos juegos, se colocaron árboles en cercanía de las me

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sas y bancos para el descanso. Además, cestos de basura, un cerco perimetral al tanque de agua, nuevas luminarias y se puso escoria en la zona de los accesos vehiculares. “La inversión supera ampliamente los 70 mil pesos”, explicaron en Obras Públicas.

 

 

 

Compromiso

“Era una deuda con la gente de esta zona de Pergamino”, reconoció Salauati a la vez que valoró el esfuerzo los vecinos para darles un espacio de juego a los chicos del barrio.

“Cumplimos con la palabra empeñada, un poco más tarde de lo previsto, pero lo hicimos”, agregó el funcionario y agradeció la colaboración de la comunidad, que trabajó en el proyecto a la par de las distintas áreas municipales intervinientes: Obras Públicas, con el arquitecto Facundo Bató; Espacios Verdes, la Secretaría de Servicios “y todos aquellos que pusieron un granito de arena”, le explicó Salauati a LA OPINION en la tarde de ayer. “Estamos convencidos que los vecinos y los chicos serán los custodios del lugar; no hay dudas de que lo van a cuidar avisando a los mayores cuando vean si algún juego está siendo mal usado o se rompe porque de esa forma lo podremos arreglar. Depositamos en ellos (los chicos) la posibilidad de tener en estos casos un aprendizaje, que es el hecho de cumplir con algo y que la sociedad, por otro lado, asuma la responsabilidad de protegerlo teniendo en cuenta que es un proceso mutuo dado que de otra forma no puede funcionar”, manifestó el responsable de Obras Públicas.

 

Las obras realizadas 

La plaza como tal no existía; era un descampado, un potrero. Fueron los vecinos los que anoticiarion a las autoridades municipales que además de no tener un fin concreto, el espacio era mal utilizado por personas que no cuidaban la higiene del lugar, tirando y quemando basura. Salauati destacó la actitud de esos vecinos y considera que es un ejemplo muy contundente para los chicos. En esa línea, los instó a preservarlo en buenas condiciones.

Por su parte, el arquitecto Facundo Bató, también del área de Obras Públicas, brindó detalles de los trabajos realizados con los correspondientes costos: “La inversión total de la obra fue de 73.014 pesos sin contabilizar el aporte del personal municipal con respecto a forestación ya que se pusieron seis fresnos piramidales y un álamo blanco”.

Luego comentó que se colocó escoria en los accesos vehiculares y nuevas luminarias en el predio “para mejorar notablemente la fisonomía del lugar en horario nocturno”. En cuanto a los juegos para los chicos, dijo que “en este punto en particular hubo una inversión de 26.614 pesos”.

“Además la mano de obra para la colocación de los juegos, conjunto de mesas y bancos, cestos, ejecución de soldados y cierre perimetral del tanque de agua existente tuvo un gasto de 36.700 pesos; por último hubo contratación en la última instancia del proyecto para la instalación de bolardos de colores y pintura general por un monto de 9.700 pesos”, indicó el arquitecto.

 

La cultura vandálica

 

El vandalismo urbano es una conducta que no es patrimonio de grupos reducidos sino que está ampliamente extendido entre la población. Hace ya bastante tiempo, surgió la necesidad de construir una reja de protección en el monumento al General San Martín en la Plaza 25 de Mayo y esa alternativa se expandió hacia otros lugares de la ciudad como el sitio en el que se emplaza la escultura que recuerda a Atahualpa Yupanqui. Tristemente, esta especie de jaulas fue la única solución para disuadir a los desaprensivos. El hecho que para el mantenimiento de las plazas deban instalarse rejas o tengan que ser cerradas por la noche da la pauta de lo incontenible que es este accionar.

Luego en esa misma plaza y otros espacios públicos se instalaron los nuevos cestos de basura pero sólo un año después, debieron reponerse gran parte de ellos porque fueron rotos o robados.

Hasta los carteles que se colocaron en el Paseo Ribereño como parte de la campaña que impulsa la Municipalidad y el Colegio de Odontólogos para que los vecinos disfruten de este lugar fueron víctimas del vandalismo, ya que autores desconocidos los mancharon.

Más allá de estos casos, cualquier recorrido por calles céntricas o periféricas permite comprobar el abuso generalizado y muchas veces destructor que se hace del espacio público. La acumulación de basura en las calles por parte de los vecinos que sacan las bolsas fuera de horario y las pintadas o pegatinas en las paredes son expresiones difundidas y visibles de este problema.

Muchos actos de vandalismo se realizan a plena luz del día y podrían evitarse con mayor atención de la Policía y mediante la denuncia pública, esa participación ciudadana que a veces se desestima y que hoy es tan accesible a través del 108.

Los culpables de otros daños como las pegatinas o algunas inscripciones, entre ellas las relacionadas con campañas políticas o espectáculos son obviamente evidentes y podrían prevenirse con controles y desalentarse con penalizaciones.

Pero, sobre todo, el vandalismo es una cultura. Tiene que ver con la consideración general de que “lo que no está dentro de mi casa no es mío”. Por eso, con total conciencia y desaprensión, tiramos papeles en la calle, no juntamos el excremento de nuestras mascotas o pintamos las paredes. Total, paga otro. En realidad, pagamos todos. Claro que no es perceptible en el bolsillo propio, pero en los hechos, ese dinero que se dedica a restaurar lo que podría no estar dañado se quita de otros destinos posibles como la seguridad preventiva, los comedores escolares o las salas de salud.

 

La Opinion de Pergamino

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