Ricardo Mollo: de Pergamino a la consagración, su infancia, su vida familiar y su relación con Natalia Oreiro
El líder de Divididos repasó en Radio 750 sus inicios en la música y recorrió su línea de tiempo en una extensa charla personal.

Una infancia marcada por el barrio, la familia y el trabajo
La historia de Ricardo Mollo empieza en Pergamino, en una casa frente a la Plaza San José que todavía hoy vuelve a visitar con la memoria y la mirada. Allí, entre juegos de infancia y escenas imborrables, guarda uno de los recuerdos más fuertes: el incendio en la pequeña fábrica de zapatos de su padre, ubicada al fondo de la casa.
Ese episodio marcó el final de una etapa. La mudanza a Buenos Aires fue, para él, casi un choque cultural. “Era como si hablaran otro idioma”, recordó en diálogo con Taty Almeida en Qué me contás por Radio 750.
En su padre encontró una referencia fundamental: un trabajador incansable, pero también un hombre con una energía y un optimismo contagiosos. “Creo que me robé un poco de ese optimismo para la vida”, reconoce. Ese espíritu sería, con el tiempo, una de las claves de su recorrido artístico.
El descubrimiento de la música: entre la timidez y la revelación
La música llegó temprano, aunque no sin contradicciones. Mientras su hermano -siete años mayor- era extrovertido y ya se animaba a escenarios y peñas, Mollo se definía como un chico tímido, más reacio a exponerse.
Sin embargo, hubo momentos que marcaron quiebres. A los 9 años, cantó un tema de Leonardo Favio en una sociedad de fomento, una experiencia que lo ayudó a romper esa barrera inicial.
Pero el verdadero clic llegó incluso antes, a los 8 años, cuando escuchó por primera vez “Reza una plegaria” de Aretha Franklin. “Fue la primera canción que escuché que no era tango, bolero o folklore”, contó. Ese descubrimiento abrió una puerta completamente nueva.
A partir de ahí, comenzó una mezcla de influencias: el tango heredado de su padre -fanático de Carlos Gardel-, el folklore, el soul y también el rock nacional, con figuras como Sandro. En esa fusión, empezó a gestarse su identidad musical.
Aprender de los hijos: escuchar para construirse
Más allá del escenario, Mollo encuentra en la vida familiar otro espacio de aprendizaje constante. Para él, la relación con sus hijos implica algo más profundo que la crianza: es un ejercicio de escucha activa.
“Escucharlos, saber qué piensan ellos para construirme yo”, explica. Define ese vínculo como un “trabajo y un sacerdocio”, donde el intercambio y la reflexión se vuelven fundamentales. En ese ida y vuelta, también se resignifica como persona.
Natalia Oreiro: compañerismo y equilibrio
En su vida personal, su relación con Natalia Oreiro está basada en una lógica de equipo. “Somos compañeros, primero que nada”, afirmó.
La dinámica es clara: acompañarse y sostenerse mutuamente según las circunstancias. Cuando uno está en plena actividad, el otro ocupa el rol de apoyo. “Como dice un amigo, uno lava y el otro seca”, resumió, graficando una relación atravesada por el equilibrio y la complicidad.
El recuerdo de Luca Prodan y el fuego creativo
Al hablar de su historia en la música, aparece inevitablemente la figura de Luca Prodan. Para Mollo, fue mucho más que un colega: “un maestro”.
Recuerda experiencias intensas y transformadoras junto a él, y destaca el impacto que tuvo en la escena local: “nos cambió un poco el modo de hacer las cosas”.
Ese espíritu también se trasladó a su presente con Divididos. Evoca épocas de una intensidad casi desbordante, con 14 o 15 shows en un solo año, donde el escenario se volvía una extensión de su casa.
Hoy, su lugar sigue siendo ese: donde hay armonía, donde puede expresarse libremente. Porque, más allá de los años y los caminos recorridos, Ricardo Mollo sigue encontrando en la música el mismo impulso que se encendió aquella primera vez.
-Fuente: Pagina12.
