“¿Qué aprendimos los adultos de todo esto?”: la conmovedora carta abierta de una psicóloga social tras el aislamiento de un alumno

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​A raíz de la salida de un alumno de nivel primario que fue tildado de «conflictivo» y progresivamente apartado del aula, la especialista Marina Nazar cuestiona la respuesta de las instituciones educativas frente a la transgresión y advierte sobre los peligros de etiquetar e invisibilizar los problemas de fondo.

​Por Redacción

​La convivencia en el ámbito escolar y los límites entre el castigo y la educación han vuelto al centro del debate a partir de la difusión de una carta abierta. Bajo el título «Carta abierta: cuando un niño se convierte en ‘el problema’», la psicóloga social Marina Nazar (D.N.I. 27.034.065) expone las fallas del sistema educativo actual para abordar la conducta de los estudiantes sin estigmatizarlos ni marginarlos.

​El relato sigue la historia de un niño de escuela primaria catalogado reiteradamente como «conflictivo» por la comunidad educativa. A pesar de mostrar marcadas habilidades creativas y capacidad de expresión en ámbitos donde se sintió escuchado, un episodio de enojo derivó en una grave amenaza verbal: asegurar que llevaría un cuchillo al establecimiento.

​Si bien la especialista remarca que una manifestación de tal magnitud exige una intervención inmediata para resguardar la seguridad del alumnado y la institución, critica duramente el abordaje posterior. De acuerdo con la autora, la respuesta institucional se limitó a la separación progresiva del niño de sus pares y actividades grupales, omitiendo las pautas pedagógicas e integradoras previstas en la Ley Nacional 26.892 de Promoción de la Convivencia y Abordaje de la Conflictividad Social en las Instituciones Educativas.

​Finalmente, el estudiante fue cambiado de colegio, dejando interrogantes abiertos sobre el rol de las instituciones, la eficacia de las sanciones y el modo en que el sistema trata a los emergentes individuales de dinámicas grupales más complejas.

​A continuación, reproducimos de manera íntegra la carta abierta de la Lic. Marina Nazar.

​Carta abierta: cuando un niño se convierte en “el problema”

​Hay historias que merecen ser contadas. No para señalar personas. No para exponer a un niño. No para justificar aquello que estuvo mal. Sino porque algunas situaciones deberían obligarnos, como adultos y como sociedad, a preguntarnos qué entendemos realmente por educar.

​Esta es la historia de un niño de escuela primaria. Durante mucho tiempo fue señalado como “conflictivo”. Se peleaba con sus compañeros. Discutía. Se enojaba. Como sucede tantas veces entre niños, podía pelearse con otro y un rato después estar jugando nuevamente con él. Pero detrás de esa etiqueta había —y hay— un niño. Un chico creativo, con una capacidad enorme para construir, dibujar e imaginar. Un niño al que, cuando alguien se tomó el tiempo de escucharlo, pudo empezar a contar algo de su mundo, de sus emociones y de su historia.

​Un día, en un momento de enojo, dijo que iba a llevar un cuchillo a la escuela. Fue una expresión grave. Y decirlo claramente es importante. No hay que minimizarla. Una escuela tiene la obligación de intervenir cuando aparece una manifestación de esas características. Tiene que cuidar al niño, cuidar a sus compañeros y evaluar qué está sucediendo. El problema no está en haber intervenido. La pregunta es cómo se intervenino y qué ocurrió después.

​El niño pudo reconocer que lo que había dicho estaba mal. Dijo estar arrepentido. Dijo también algo que debería haber encendido otra clase de alarma en los adultos: no sabía por qué lo había dicho. Y quizás ese era precisamente el momento para empezar a trabajar. ¿Qué estaba expresando? ¿Qué había detrás de ese enojo? ¿Qué herramientas necesitaba para aprender a decir de otra manera aquello que no podía poner en palabras? ¿Cómo podía reparar lo sucedido? ¿Cómo podían acompañarlo su familia, la escuela y los profesionales que fueran necesarios?

​Sin embargo, el camino que siguió fue otro. Comenzó a ser separado de sus compañeros. Dejó de compartir diferentes espacios de la vida cotidiana escolar. Fue apartado de actividades grupales. La participación con sus pares quedó cada vez más restringida. Y progresivamente aquel niño al que durante años habían denominado “conflictivo” terminó ocupando un solo lugar: el lugar del problema.

​Esto ocurrió mientras, dentro del mismo grupo, existían otras conductas que también afectaban seriamente la convivencia: destrato entre compañeros, insultos, humillaciones, actitudes autoritarias, enfrentamientos con adultos y otras formas de agresión cotidiana. No se trata de pedir castigos para esos niños. Al contrario. También ellos necesitan ser mirados. También ellos están diciendo algo mediante sus conductas. También merecen adultos capaces de preguntarse qué sucede antes de limitarse a decidir quién se porta bien y quién se porta mal. Lo que resulta difícil de comprender es por qué frente a algunos niños se despliega una respuesta tan contundente mientras otras conductas parecen naturalizarse. Porque la convivencia no debería depender de quién lleva puesta previamente la etiqueta de “conflictivo”.

​¿Qué dice nuestra propia legislación?

​La Ley Nacional 26.892 de Promoción de la Convivencia y Abordaje de la Conflictividad Social en las Instituciones Educativas no propone escuelas sin límites ni sanciones. Propone algo mucho más complejo y mucho más educativo. Su artículo 2 establece entre sus principios el respeto por la dignidad y la intimidad de las personas; el rechazo de la discriminación, el hostigamiento, la violencia y la exclusión; el derecho de los estudiantes a participar de la vida institucional; la utilización del diálogo para resolver conflictos; el derecho del estudiante a ser escuchado y, fundamentalmente, el sentido formativo de las sanciones. También establece que una transgresión debe ser comprendida teniendo en cuenta las circunstancias en las que ocurrió, los antecedentes y los factores que pudieron intervenir.

​El artículo 4 plantea que deben promoverse vínculos basados en el reconocimiento y el respeto mutuo y establece la necesidad de construir sanciones formativas dentro de un proceso educativo que permita al niño hacerse progresivamente responsable de sus actos. Porque hacerse responsable no debería significar solamente recibir una sanción. También debería significar poder comprender. Reflexionar. Reparar. Aprender. Y eventualmente volver.

​El artículo 6 dispone que las sanciones deben tener carácter educativo, ser graduales y proporcionales a la transgresión cometida, considerar el contexto en el que ocurrieron los hechos y garantizar el derecho del estudiante a ser escuchado. Entonces las preguntas aparecen inevitablemente. ¿Qué significa que una sanción tenga carácter educativo? ¿Qué aprendizaje produce aislar? ¿Cuánto tiempo debe durar una consecuencia? ¿Cuál es el camino de reparación? ¿En qué momento se considera que un niño comprendió lo sucedido? ¿Quién lo acompaña para adquirir herramientas diferentes? ¿Y cuándo puede volver a ocupar su lugar entre los demás? Porque si no existe un camino de regreso, ya no estamos hablando solamente de un límite. Estamos hablando de pertenencia.

​Y el artículo 7 establece: “Quedan expresamente prohibidas las sanciones que atenten contra el derecho a la educación o que impidan la continuidad de los educandos en el sistema educativo.”

​Y finalmente, el niño se fue

​Esta historia terminó de una manera dolorosa. El niño dejó aquella institución y continuó su escolaridad en otra escuela. Y este desenlace obliga a formular una pregunta todavía más incómoda. ¿Qué aprendimos los adultos de todo esto?

​Porque el conflicto dejó de estar dentro de esa escuela. Pero que el niño haya cambiado de institución no significa que el problema haya sido resuelto. Tal vez simplemente dejó de estar a la vista. Y allí aparece algo que duele profundamente: la sensación de que, en algún momento, dejó de mirarse a un niño que necesitaba ayuda y comenzó a mirarse únicamente un problema que había que administrar.

​Eso también es falta de empatía. Empatía no significa permitir cualquier conducta. No significa justificar una amenaza. No significa desconocer el miedo o la preocupación que una situación de estas características puede producir. Empatía significa poder sostener dos verdades al mismo tiempo: lo que hizo estuvo mal y, aun así, sigue siendo un niño que necesita ayuda. Un niño puede necesitar un límite firme y al mismo tiempo necesitar un abrazo simbólico de la institución que le diga: “Esto que hiciste no está bien. Vamos a trabajar para que comprendas por qué. Pero no vamos a dejar de verte como parte de nosotros.”

​Porque quizás una de las diferencias fundamentales entre castigar y educar sea precisamente esa. El castigo termina en la consecuencia. La educación debería empezar allí.

​Una mirada desde la Psicología Social

​Desde la Psicología Social resulta imposible comprender una conducta humana separándola completamente del contexto en el que aparece. Un niño no existe aislado. Existe dentro de una familia. Dentro de un grupo de pares. Dentro de una escuela. Dentro de vínculos que lo atraviesan y que también contribuyen a construir la manera en que se percibe a sí mismo.

​La conducta puede ser un emergente. Es decir, aquello que vemos en un individuo puede estar expresando algo mucho más amplio que ese individuo. Por eso, frente al niño que permanentemente genera conflicto, la pregunta no debería ser únicamente: ¿Qué problema tiene este chico? También deberíamos preguntarnos: ¿Qué está pasando alrededor de este chico? ¿Qué lugar ocupa dentro del grupo? ¿Qué respuestas encuentra cuando intenta vincularse? ¿Qué aprendió acerca del enojo? ¿Qué recursos tiene para tramitar la frustración? ¿Qué ocurre en sus vínculos significativos? ¿Y qué sucede dentro del propio grupo y de la institución para que determinado niño termine ocupando siempre el mismo lugar?

​Porque los grupos también asignan roles. Y cuando una comunidad empieza a definir a alguien como “el conflictivo”, existe el riesgo de que cualquier conducta posterior termine confirmando esa mirada. Ya no vemos a Juan, Pedro o cualquier nombre que tenga ese niño. Vemos al problemático. Y cuando la etiqueta sustituye a la persona, dejamos de preguntarnos qué necesita.

​Desde una mirada psicosocial, esto es especialmente preocupante. Porque si todo el conflicto queda depositado en una sola persona, el grupo puede sentir que eliminando a esa persona elimina también el problema. Pero los conflictos vinculares no funcionan así. Sacar al emergente no necesariamente transforma aquello que lo hizo emerger. El niño cambia de aula. Cambia de grupo. Cambia de escuela. Pero la institución debería igualmente preguntarse qué ocurrió. Qué pudo hacer diferente. Qué enseñó con su intervención. Qué aprendieron sus compañeros observando esa intervención. Y qué hará la próxima vez que aparezca otro niño que incomode, desafíe o no se adapte a aquello que se espera de él.

​Porque seguramente aparecerá. Siempre habrá niños que expresen su sufrimiento de maneras difíciles. Algunos llorarán. Otros se aislarán. Otros bajarán sus calificaciones. Otros se volverán desafiantes. Otros reaccionarán con enojo. Y algunos dirán cosas terribles que después ni siquiera podrán explicar.

​El desafío de una institución educativa no consiste únicamente en saber qué hacer con los niños que pueden adaptarse fácilmente. El desafío aparece precisamente cuando un niño no puede. Ahí es donde educar exige mucho más. Exige límites. Pero también escucha. Exige responsabilidad. Pero también comprensión. Exige proteger al grupo. Pero también proteger al niño que genera el conflicto. Exige intervenir sobre la conducta sin convertir esa conducta en toda su identidad. Porque hay una enorme diferencia entre decir: “Hiciste algo que está mal” y transmitirle: “Vos sos el problema”. La primera frase permite aprender. La segunda puede acompañar a un niño durante años.

​Hoy ese niño está en otra escuela. Ojalá allí encuentre adultos capaces de mirarlo más allá de aquello que hizo. Ojalá encuentre límites cuando los necesite. Ojalá encuentre herramientas. Ojalá pueda construir vínculos diferentes. Y ojalá nunca más tenga que sentir que para resolver un problema la solución es que él deje de estar.

​Pero también sería importante que la institución que quedó atrás pudiera hacerse sus propias preguntas. No para buscar culpables. Para aprender. Porque las instituciones también pueden revisar sus prácticas. También pueden reconocer errores. También pueden transformarse. Y quizás eso sea una de las enseñanzas más importantes que una escuela puede ofrecer. La misma que pretendemos enseñarles todos los días a nuestros chicos: equivocarse no nos define. Lo que hacemos después de reconocerlo, sí.

​El niño cambió de escuela. El problema, en cambio, merece seguir siendo pensado.

​Marina Nazar

Psicóloga Social (D.N.I. 27.034.065)

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